Hay ocasiones en que un pequeño atasco de tráfico y unos cuantos semáforos en rojo no te impiden llegar a la hora exacta al mejor escenario posible para esa noche madrileña. Unas campanas cercanas acompañaban nuestra entrada al teatro Joy Eslava como si fueran las nueve. Ya se oía tocar a Aaron Thomas. No tuve tiempo de saborear su música. Quizás fuera la búsqueda de un buen sitio y la brevedad de su actuación. Quizás la búsqueda de lugares comunes con mi nombre. Quizás algún recuerdo de veinte días atrás, en Nueva York. Sólo tuve tiempo de quedarme con la sensación de que su voz y su guitarra sonaban bien. Iba acompañado de un batería, un contrabajo y una chica a los coros. Un poco de español mezclado con inglés para emplazarnos a su próximo concierto en el Café La Palma y que pase el maestro J. Rouse.
Es curioso como cambian las películas. Han pasado veinte días y veinte noches, cuarenta trozos de existencia, hasta enlazar mi experiencia en el Gramercy Theatre con la de anoche en Madrid. Ambos teatros tienen un concepto similar en el sentido de que te ofrecen la posibilidad de disfrutar del concierto a pie de pista o refugiado en un asiento. Es una buena solución, así hay para todos los gustos. Excelente sonido. Ambos conciertos tuvieron dos bises. En los dos me acompañaban un par de personas, diferentes eso sí. Y Rouse volvió a sacar su traje, chaleco y corbata incluidos, del armario.
Josh Rouse ofrece un repertorio variado. Toca muchos palos musicales, imposible etiquetarlo a la ligera. Supongo que esa amplitud se la puede permitir gracias a su talento y al de la gran banda que le acompaña. Son un bajista, un batería que
hace coros y un músico multiusos que toca teclados, segunda guitarra y más coros.
El espectáculo va de menos a más. Recupera sus grandes temas de 1972 y Nashville para que caigamos rendidos a sus pies. Empieza con la guitarra eléctrica. Modula su voz de todas las maneras posibles. A ratos abusa del “guau” (o es wow…como quiera que se llame el pedal, es demasiado tarde para andar aquí). Me gusta esa manera de bailar que tiene. Esa forma de moverse -hablo de Josh, no de la chica que tengo al lado haciendo lo propio-… resulta contagiosa. Cuando toca cambiar a la española electrificada ya ha sonado “Love vibration” y, exactamente igual que hizo al otro lado del charco, ya se ha quitado la chaqueta. Con la guitarra española en la mano llega la hora de bromear. De decir que “casi es español” en un castellano bastante bueno -Paz Suay gracias-. De hablar de pelos morenos y acentos mexicanos…. El repertorio me resulta familiar. Ha tocado ”Slaveship” -acaso por una reiterada petición- dónde en EE.UU. sonó “Directions” -acaso entonces dirigida a esos fans que están desde antes de 1972, cuando aquí era un desconocido-. El primer bis también lo empieza en solitario. El segundo lo concede la sala por aclamación popular. Para el tercero sacamos el “¡¡Oeoeoeoe…oe…oe!!!” pero el esfuerzo patrio no tuvo su recompensa. En total ha sido una hora y media del concierto.
Me quedo con la sensación de que ha faltado un poco de seguimiento cuando ha pedido que fuéramos nosotros los coristas. Quizás un malentendido por nuestra parte. En Manhattan si que hubo ese entendimiento para el par de canciones en que lo pide. Eso sí, aquí hay más calor humano. Un poco más de pasión o entusiasmo, o yo que sé que es.
Es muy tarde, o muy temprano. No hay tiempo para más. Que empiece el espectáculo. Aquí dejo una muestra en video del gran concierto de anoche…




29 Noviembre, 2007 a las 7:44 pm
Genial y maravilloso! Todo lo que se diga es poco, hay que vivir en directo a este gran artista!