[Capítulo anterior: New York City 5: Más que Soho
Primer capítulo: Volando voy...(NYC 1: SeguridaZ a tutiplén)]
Nuestro tercer día empieza con una carrerita para coger el bus. Uf!! Por los pelos.
Hace un día soleado así que decidimos hacer el paseo en “ferry” que rodea la isla de Manhattan. El pase a bordo está incluido dentro del talonario citypass. El que tiene nueve días de validez cuesta 65 dólares. Incluye (ver plano citypass), además del circuito en barco, la entrada a los cuatro museos más importantes (Guggenheim, Moma, Metropolitan e Historia Natural) y la subida al Empire State Building. También viene con algunos cupones de descuento para las tiendas de los museos, la tienda Bloomingdale’s y ciertos restaurantes. El ahorro de dinero es significativo pero cuando se viaja hay otro factor muy importante, el tiempo. Con el pase no hay que esperar la larga cola que en cada atracción hace el “común” de los turistas.
Nada más bajar del bus dejamos el ajetreado cruce con la calle 42 (ver foto) a nuestras espaldas para dirigimos al muelle. Tenemos suerte y en cinco minutos sale el barco, no sin antes ser retratados con el crucero a nuestras espaldas por una de esas empresas que te venden la foto al final. Ya a bordo, nuestro guía al micrófono resulta ser un simpático americano, sesenta y pico años, que nos va narrando lo que vemos aderezado con sus propias historias personales.
El paseo en ferry es interesante porque te haces una idea de la isla. -En el citypass normal está incluido un circuito que es en semicírculo (recorre media isla y luego da la vuelta). Por 4,5 dólares más, el crucero incluido rodea la isla al completo.- El viajecito en barco te permite situar en el espacio y desde una perspectiva diferente los puntos más emblemáticos: el Empire State, el distrito financiero (foto), Central Park… Se pasa junto a la isla de Ellis (foto de arriba), la Estatua de la Libertad (foto abajo), los bajos del puente de Brooklyn y el resto de bonitos puentes que comunican la isla (foto). Un solo pero. A pesar del día soleado, la corriente de aire a bordo hace bajar bastante la temperatura y la sensación térmica. Resumiendo, hace un frío que pela -hay zona cubierta pero no es tan bonito así que nos quedamos casi todo el tiempo al aire libre-.
Al inicio del crucero, con el Empire State al fondo (foto), pasamos frente a una jaula para practicar golf (foto) que sustituye, sobre el río en Chelsea, lo que un día fuera un muelle. Después llegamos a la altura del World Trade Center (foto). Nos alejamos un poco de Manhattan para pasar junto a la isla de Ellis, era el punto de entrada de los inmigrantes pobres dónde se les realizaban todo tipo de pruebas médicas para determinar si entraban a la ciudad. La Estatua de la libertad. Subimos por el East River pasando bajo el puente de Brooklyn, el de Manhattan y el de Williamsburg. Río arriba llegamos a la sede de las Naciones Unidas (foto abajo izquierda) y hay buenas vistas al cercano Chrysler Building (foto abajo derecha). La parte final de este lado del río es una zona más residencial y con unos márgenes fluviales algo abandonados y descuidados. Al pasar al lado del mítico campo de los Yankees (foto), nuestro guía recuerda cuando su padre le traía a verlos jugar. Lo hace con nostalgia y se lamenta al informarnos de que las grúas que trabajan en un solar cercano lo hacen para levantar el nuevo estadio.
Llevamos más de hora y media a bordo. Cuando llegamos al otro lado del río, bajando hacia nuestro punto de partida, el entorno recupera atractivo. Pasamos un puente giratorio y después bajo el majestuoso puente de Washington. Contemplamos los bosques en la orilla de Nueva Jersey (foto). En la otra, la Universidad de Columbia y la iglesia de Riverside con su torre en obras (foto). Una pausa fotográfica y calor en el interior acristalado hasta que volvemos a encontrarnos con el punto de vista que nos despidió más de dos horas antes. Fin al crucero.
Al bajar, comprobamos nuestros caretos en la foto-souvenir sin pasar por caja y llega la hora de comer. Acabamos en un sitio típicamente americano. Con las típicas mesas dispuestas a lo largo de una ventana en fila de a uno y los típicos sillones acolchados como asiento. Sirven buenos sándwiches y hamburguesas así que, saciados, no probamos los postres. Al salir, damos una vuelta hasta llegar a nuestro punto de encuentro con Merce, el Chelsea Hotel.
Tomamos algo en el Don Quijote, un bar de dueño gallego en los bajos del hotel (foto derecha). Bastante oscuro y algo falto de gusto en la decoración.
Después nos fiamos de una guía alternativa para recorrer Chelsea en busca de los edificios que más merecen la pena. No están mal pero no nos parecen nada del otro mundo.
La tarde no da para más. Las puertas del concierto de Josh Rouse abren a las 20 horas así que nos dirigimos al teatro, en el extremo opuesto de la calle 23. Mientras nos decidimos a entrar esperamos en un bar al otro lado de la calle, observando como se forma la cola y haciendo apuestas sobre si se llenara o no. Cuando ha pasado el jaleo y el mogollón inicial, entramos nosotros.
El Gramercy Theatre es un espacio mitad teatro, mitad sala de concierto con pista. La parte de atrás es un graderío y la parte frontal es una pista hasta llegar al escenario. Una buena combinación que permite elegir estar sentado o de pie.
Una vez sentados, la espera se hace un poco larga. Hasta las 21 horas no empieza la artista invitada, Maria Taylor. Tiene una bonita voz y buenas melodías. No esta nada mal. Me pregunto si la habrá elegido el propio Josh Rouse para abrir su concierto. Supongo que sí, ambos son originarios del Estado de Nebraska.
El relevo a cargo de Josh Rouse también se hizo esperar. Para estar en la capital del mundo, el cambio se nos hace lento. Finalmente, Josh y su banda empiezan a tocar a las 22 horas. -Lo bueno suele hacerse esperar y en este caso mereció la pena-. El teatro está lleno -al día siguiente repetirían-. No puedo decir nada más que este señor es todo un maestro. Él y su banda son muy buenos. Tocó canciones de sus últimos cuatro discos y una de sus orígenes, “Directions”.
A la vista de las pegas que me puso un día antes uno de los gorilas del teatro para comprar las entradas con mi cámara de fotos colgada del hombro -la taquilla está en el exterior, pasado un cordón-, y teniendo en cuenta la excesiva obsesión regulatoria que desprenden por aquí, había decidido dejar la cámara digital en el coche. Por eso no hay videos ni fotos del concierto.
El espectáculo nos gustó a los tres, razón por la que acabe doblemente satisfecho por aquello de que nunca se sabe si va a gustar alguien casi desconocido para ellas. Quien sabe, hay veces en que las apuestas más fáciles y seguras fallan y otras en que salta la sorpresa. Esta no se dónde encajarla.Es tarde. No hemos cenado pero mañana hay que madrugar rumbo a la capital “política” del imperio así que compramos un poco de pan de molde para hacer unos sándwiches en el hotel y nos acostamos con el dulce sabor de haber disfrutado de una noche americana. ¡Tócala otra vez, Josh!







