Ha llegado el día esperado. Un semáforo en rojo me permite sacar una foto de una de las dos mezquitas que hay en Madrid. Lo hago por la curiosidad. Por la coincidencia por ser el día del vuelo. En cuanto aterricemos en Siria, una mezquita dejará de ser la excepción.
23:00 h. Para nuestra sorpresa, nos enteramos en el aeropuerto de que nuestro vuelo directo a Damasco hace escala en Alepo, al norte del país. Al parecer, un grupo organizado “ha forzado” la escala -es lo que tienen los touroperadores. Un grupo de apenas 30 personas hace que cambie la fecha y la ruta de un vuelo-. Amaar, un comerciante sirio que hace cola detrás de nosotros, nos comenta que es algo habitual. Algún pequeño cambio de horario, escalas inesperadas… Tras un leve y fallido intento por conseguir que nos facturen sólo hasta Alepo, nos encontramos sentados con Amaar, frente a la puerta de embarque. Habla bien el castellano. Su mujer es de Santander. Viven en Siria. Nos habla de su país, de la situación política, de su trabajo como comerciante entre Siria y España. Nos recomienda un par de restaurantes en Damasco. Nos pregunta
por nuestra vida. Lo normal, supongo. Una hora después de lo previsto despega, medio vacío, el avión de Syrian Air.
Lo primero que me llama la atención al aterrizar en Alepo es la forma de las construcciones y la ausencia de color sobre la piedra. Son impresiones desde el avión, aterrizando. No tuvimos que desembarcar. Veinte minutos de parada y a volar. El vuelo hasta Damasco es una ventana al desierto.
9:00 h. El aeropuerto internacional es sencillo, -por no decir poco moderno-. Amaar nos indica los formularios que tenemos que rellenar. Observo un par de personas que parecen aprovechar para cambiar moneda en una ventanilla. Pregunto a una chica pelirroja que me dice, en su perfecto castellano de España, que sí que se puede cambiar. Cambiemos, pues (1 euro= 71 SYP, syrian pound). Perdemos a Amaar. Ya en la calle, buscamos el autobús que nos lleve al centro de Damasco, a casi 30 minutos de distancia. Allí está la chica pelirroja. Nadia. Su padre, casado con una española, es sirio. Su tío ha venido desde Homs, ciento sesenta kilómetros al norte de la capital, a esperarla al aeropuerto. Están delante de nosotros comprando sus billetes para el bus. Nadia habla y entiende el árabe. No nos conoce de nada, pero el tío de Nadia nos pregunta, ella hace de intérprete, que si aceptamos una invitación a comer al llegar a la ciudad. Cómo rechazar algo así. Todo lo que pude leer antes del viaje acerca de la hospitalidad siria se confirma nada más aterrizar. Pero no deja de ser una grata sorpresa y esto no ha hecho más que comenzar.
El mundo es un pañuelo. Nadia trabaja en San Sebastián de los Reyes, dónde yo vivo. Me lo cuenta mientras caminamos, ya en Damasco, en busca del hotel Al-Salaam. Aunque resulta algo caro (25 euros la habitación doble), nos registramos en él. El tío de Nadia busca una silla de ruedas para su madre de camino al restaurante en que nos invita a una rica comida a base de hummus, habas, yogur… Todo está en árabe en este sitio. Pasamos un rato muy agradable. A la vez que charlamos, su tío separa del plato el perejil para que Nadia y Carmen no se pongan malas de la tripa. El tío de Nadia es una persona sencilla, tranquila, amable, agradable. Su hospitalidad llega hasta el extremo de que nos regala unas hogazas de pan con semillas, recién elaborado junto al restaurante. Nos hacemos una foto antes de despedirnos.
Ahora nos toca enfrentarnos a la realidad damasquina solos. Son las 12:30 horas. Ya estamos comidos. Ponemos rumbo a la ciudad vieja y seguimos uno de los recorridos recomendados por la biblia guía Lonely Planet. Dejamos el Zoco Saroujah (las dos fotos inmediatamente superior están tomadas en él) y nos adentramos en la Ciudad Vieja por el Zoco Al-Hamidiyya. Su cubierta, agujereada por disparos, hace que parezca más un centro comercial que un zoco árabe. Está lleno de gente. Primeras impresiones con la diferente forma de vestir de hombres y mujeres. Pasamos frente a la Mezquita Omeya. Recorremos el barrio judío, el cristiano, parte del zoco. No nos detenemos mucho en el recorrido pues dedicaremos los días finales del viaje a recorrer Damasco con tranquilidad. Hacemos una breve parada para tomar un té en un establecimiento que se llama Galería Abdal -yo tomo agua, no me gusta el té, soy así de soso, qué le vamos a hacer-. Tiene un bonito y tranquilo patio dónde los jóvenes sirios toman té y fuman narguile (pipa de agua).
Por la tarde, visitamos el palacio Azem (fotos antes y después de ese párrafo). Merece la pena verlo por ser una interesante muestra de la arquitectura árabe-otomana del s. XVIII. No tanto por el Museo de artes y tradiciones populares que albergan sus salas (son diversas escenas de la vida cotidiana representadas a base de maniquíes). El palacio es bonito por su patio principal, con sus fuentes, y las fachadas y arcadas que mezclan basalto negro, piedra caliza y arenisca, en una técnica denominada ablaq, característica de la arquitectura levantina y egipcia y después usada por los mamelucos y los otomanos.
Estamos realizando el circuito en sentido contrario. Nos toca terminar recorriendo la Calle Recta. La mitad de la calle está siendo remodelada y es una constante nube de polvo. Nos refugiamos en la
parte cubierta de la calle, flanqueada por todo tipo de tiendas a ambos lados. Me decido a comprar, tras un brevísimo regateo, un pañuelo palestino para cubrirme la cabeza esos días de desierto durante el viaje. La tarde no da para más. Volvemos al hotel. Nos damos una ducha y acabamos el día cenando en el restaurante Elissar, en el extremo este de la ciudad vieja. Se come bien. No sólo sirven comida árabe. Un consejo. Es mejor reservar con antelación para poder cenar en el bonito patio.
Epílogo: La bicicleta. Un medio frecuentemente usado por los locales para desplazarse. Facilita moverse por los sitios más estrechos. Aunque me parece que no están pensando en implantar el servicio público de alquiler como el sevici (Sevilla) o bicing (Barcelona). No es que tenga una especial importancia en Damasco. Pero tenía un par de fotos con la bici como protagonista en sus calles y zocos, así que…












19 Septiembre, 2008 a las 12:56 pm
¿25 euros la noche en habitación doble es caro? … ¡Tieso, que eres un tieso! Jeje.
22 Septiembre, 2008 a las 2:08 pm
Tiene usté su parte de razón pero estamos hablado de Siria. Es casi un paraíso para hacer turismo con poco dinero (sin que ello signifique ser un tieso necesariamente). Durante el resto de nuestro viajecito pagamos 10 euros por habitaciones similares o mejores. Dobles, limpias, con baño, y ventilador o a/c.
22 Septiembre, 2008 a las 3:12 pm
Dejaríais propina, ¿no?
Jeje.
23 Septiembre, 2008 a las 9:01 am
Por supuesto que no. En lugar de salir a conocer las ciudades, nos quedabamos por las mañanas a hacer la colada de todo el hotel, pero todo voluntariamente, eh…
No suelen hacer mucho en los hoteles para que les dejes propina. De hecho, tengo que ir perdiendo la costumbre de dejarla en los bares y restaurantes en que no la merecen. Hacerlo por costumbre es hasta contraproducente para los malos servicios.
24 Septiembre, 2008 a las 8:10 pm
¿Que no hacen mucho? ¿Cobrarte sólo 10 euros por una habitación con A/A te parece poco?
Ya hablando más en serio, me parecen una serie de artículos cojonudos los del viaje a Siria y Jordania. A seguir así.
24 Septiembre, 2008 a las 8:30 pm
Si usted supiera lo que hacen. Hasta te dejan unas chanclas (perennes en la habitación desde hace 20 años eso sí) debajo de la cama.
Intentaremos sacar tiempo para seguir con ellos. Gracias.