Somos extranjeros cuando no somos capaces de mirar más haya de las líneas marcadas por el hombre en un mapa.
Si hay algo que cura nacionalismos y necesidades de fronteras o banderas de colores… eso es viajar. Visitar culturas diferentes, relacionarse con gente de otros pueblos…
Viajar sigue abriéndonos la mente incluso a los que nunca hemos considerado de una forma especial las banderas.
Hoy, además, me gustaría aprender la diferencia entre recitar y declamar. A la vista del siguiente video que grabé durante la presentación del corto “Extranjeros”, entenderéis que no tenga duda de que lo segundo debe ser lo que tan bien hace Jorge en esta canción/poema de Rafael Amor…
¿Qué es declamar? Describámoslo viendo y escuchando…
Como todos sabemos lo que es recitar, estoy casi seguro de que ahora entendemos la diferencia entre ambas palabras que la R.A.E. define así:
Recitar.
(Del lat. recitāre).
1. Referir, contar o decir en voz alta un discurso u oración.
2. Decir o pronunciar de memoria y en voz alta versos, discursos, etc.
Declamar.
(Del lat. declamāre).
1. Hablar en público.
2. Hablar con el fin de ejercitarse en las reglas de la retórica, casi siempre sobre asunto fingido o supuesto.
3. Hablar con demasiado calor y vehemencia, y particularmente hacer alguna invectiva con aspereza.
4. Recitar la prosa o el verso con la entonación, los ademanes y el gesto convenientes.
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No me llames extranjero
No me llames extranjero porque haya nacido lejos,
o porque tenga otro nombre la tierra de donde vengo.
No me llames extranjero porque fue distinto el seno
o porque acunó mi infancia otro idioma de los cuentos.
No me llames extranjero si en el amor de una madre
tuvimos la misma luz en el canto y en el beso
con que nos sueñan iguales las madres contra su pecho.
No me llames extranjero, ni pienses de dónde vengo,
mejor saber dónde vamos, adónde nos lleva el tiempo.
No me llames extranjero porque tu pan y tu fuego
calmen mi hambre y mi frío, y me cobije tu techo.
No me llames extranjero, tu trigo es como mi trigo,
tu mano como la mía, tu fuego como mi fuego,
y el hambre no avisa nunca, vive cambiando de dueño.
Y me llamas extranjero porque me trajo un camino,
porque nací en otro pueblo, porque conozco otros mares,
y un día zarpé de otro puerto,
si siempre quedan iguales en el adiós los pañuelos
y las pupilas borrosas de los que dejamos lejos,
y los amigos que nos nombran y son iguales los rezos
y el amor de la que sueña con el día del regreso.
No, no me llames extranjero, traemos el mismo grito,
el mismo cansancio viejo que viene arrastrando el hombre
desde el fondo de los tiempos, cuando no existían fronteras,
antes que vinieran ellos, los que dividen y matan,
los que roban, los que mienten, los que venden nuestros sueños,
ellos son, ellos son los que inventaron esta palabra: extranjero.
No me llames extranjero, que es una palabra triste,
que es una palabra helada, huele a olvido y a destierro.
No me llames extranjero, mira tu niño y el mío
cómo corren de la mano hasta el final del sendero,
no los llames extranjeros, ellos no saben de idiomas,
de límites, ni banderas, míralos, se van al cielo
por una risa paloma que los reúne en el vuelo.
No me llames extranjero, piensa en tu hermano y el mío,
el cuerpo lleno de balas besando de muerte el suelo,
ellos no eran extranjeros, se conocían de siempre
por la libertad eterna e igual de libres murieron.
No me llames extranjero, mírame bien a los ojos,
mucho más allá del odio, del egoísmo y el miedo,
y verás que soy un hombre, no puedo ser extranjero.
[Rafael Amor, 1976]