Viaje a Siria y Jordania. Día 2. Palmira

[Capítulo anterior: Día 1. Damasco]

 

Después de desayunar en el hotel (pan con mantequilla y mermelada, queso, aceitunas y huevo duro), cogemos un taxi hasta la estación de Harasta. Nuestra primera aventura siria será buscar allí un bus que nos lleve a Palmira. Se trata de una ciudad que tuvo sus días de gloria… (leer historia en wikipedia). Es un “oasis” en medio del desierto.

Hay que pasar un control de seguridad antes de acceder a una calle cerrada llena de locales, cada uno de una empresa. Resulta imposible encontrar los nombres de las compañías que llevábamos como referencia. Predomina el árabe. Nos metemos en uno de los locales que anuncian Palmira como destino. Nos piden 110 SYP a cada uno. Había leído en algún foro que el precio era 100 así que no está mal.

Los números de los andenes también están en árabe. Carmen no tarda en descifrar el nuestro. Todo tipo de autobuses con buena pinta parten rumbo a no sabemos dónde. Después de un rato, llega uno que no tiene nada de lujoso. Es el nuestro.

 

Sólo cinco minutos después de emprender la marcha y sin avería de ningún tipo, el autobús para y nos hacen cambiarnos a otro que ya estaba parado allí. El aspecto no es mejor que el anterior pero tiene aire acondicionado. La decoración nos llama la atención (foto derecha). En seguida, un señor ofrece agua a todo el pasaje. Nosotros preferimos tirar de nuestra agua embotellada.
El paisaje durante las tres horas es casi desértico.

Al llegar, el autobús para en un bar a las afueras de Palmira.
Negociamos con un taxista para que nos lleve a la plaza principal aunque el tiene otros planes para nosotros. Intenta que nos alojemos en el hotel Al Fares (a 10 minutos de la plaza). El taxista no llegó a pararse. Le dijimos que nos llevara a la plaza y no hubo oposición.

Llevaba buenas referencias de un hotelito en plena plaza. El Hotel Citadel. Las habitaciones de la planta superior (las mejores y más nuevas según los viajeros) están ocupadas. Nos ofrecen una triple en la primera planta. Tiene baño privado. Está limpia. Nos quedamos.
Con un té sobre la mesa, el dueño nos ofrece sus servicios para visitar las ruinas, las tumbas y subir al castillo para la puesta de sol. Preferimos hacerlo por nuestra cuenta.

Hay un poco de hambre así que nos sentamos en la terracita del restaurante Traditional Palmyra. Comemos un pancake (un sandwich para entendernos) y mansaf (plato a base de arroz, pollo). También en el restaurante nos ofrecen sus servicios turísticos.
Andamos buscando la forma de subir a ver la puesta de sol al castillo pero lo más barato que nos ofrecen cuesta 100 SYP por persona. Es decir, lo mismo que hemos pagado por el trayecto desde Damasco.

Cuando nos estamos planteando la posibilidad de subir dando un paseito, se cruzan en nuestro camino un par de españolas. Van las dos solas, en viaje organizado con guía y conductor. Van a subir al castillo más tarde y preguntamos que si podemos apuntarnos con ellas. El guía da el visto bueno y quedamos a las 18.15 h.

Aún son las cinco, así que mientras que llega la hora, damos una primera vuelta por las ruinas. Desde la plaza a las ruinas hay entre diez y quince minutos andando. Nos encontramos los primeros camellos. Gente haciendo de una moto o una bici, vehículos de alta ocupación. Vendedores ambulantes de última hora…

Y las ruinas. Son extraordinarias. Columnas, arcos, capiteles…

  

La piedra va adquiriendo una tonalidad preciosa de la que disfrutamos también desde lo alto del castillo, Qala’at ibn Maan. Está lleno de gente esperando para contemplar la puesta de sol. La ciudad iluminada por esa luz anaranjada (foto inferior izquierda). Algunas torres funerarias con la “luz casi apagada” (foto inferior derecha).

  

Los últimos rayos del sol colándose entre las nubes.

Después de una ducha, elegimos para cenar un sitio recién abierto, regentado por los mismos dueños de nuestro hotel. Casa Mia. El lugar está decorado con gusto. Son amables y la comida resulta rica, rica. Como curiosidad mencionaré que el camarero nos enseñó orgulloso una foto de Butragueño en el restaurante tomada una semana antes.

Es tarde, pero como no tenemos claro si la siguiente noche la pasaremos aquí, decido irme a dar una vuelta a las ruinas para hacer algunas fotos nocturnas. Carmen prefiere dormir. He sido precavido y llevo un par de mangas largas. Hace un aire bastante desagradable y frío. No apetece mucho acercarse a las ruinas. La única persona que me encuentro al principio del camino a las ruinas, es un turista japonés al que le apetece lo mismo que a mí meterse en el hotel. Me pregunta que si tengo idea de la hora a la que apagan la iluminación de las ruinas. Ni idea. Empezamos a caminar hacia las ruinas charloteando un poco.

  

No sólo hace frío. El fuerte viento hace que la arena se levante. Resulta bastante molesto. No son las mejores condiciones para hacer tomas nocturnas. Pruebo con el flash pero la arena es la protagonista de la foto (superior derecha). Prescindo del flash, de la reflex y tiro de mi pequeña lumix (foto superior izquierda).
Huelga decir que no hay absolutamente nadie. Paseamos unos minutos. Nos colamos en el teatro romano y nos marchamos a nuestros hoteles. Mi amigo japonés tiene pensado madrugar para volver a las ruinas al amanecer. Seguro que nos encontramos…

[Próximo capítulo: Día 3. Palmira (segunda jornada)]

Epílogo: Fotos extra de este segundo día.

Estuvimos allí. Nosotros…

   

Las ruinas…

  

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